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Ascenso
y caída de las leyes sobre la segregación
La
Corte Suprema posterior a la Reconstrucción concedió
también el peso de su aprobación a las leyes sobre
la segregación. En el caso Plessy vs. Ferguson (1896),
la Corte respaldó la autoridad de los estados para
requerir la segregación racial en vagones de ferrocarril
y otras instalaciones públicas y privadas, siempre
que a los segregados se les acomodara en otro sitio
“igual”. La conclusión de la mayoría fue que las leyes
de segregación afectaban a blancos y negros por igual
y no infligían un estigma de inferioridad a ninguna
de las razas. Los estados podían resolver también,
con apego a la razón, que esas leyes eran necesarias
para fomentar la paz y el orden público.
Sólo
estuvo en desacuerdo el magistrado John Marshall Harlan,
quien había sido dueño de esclavos en Kentucky. Harlan
se burló de la idea que compartía la mayoría, según
la cual las leyes de segregación daban el mismo trato
a los miembros de la raza blanca dominante y a los
ex esclavos, y dijo que a su juicio, bajo las enmiendas
de la Reconstrucción, “nuestra Constitución es daltónica
y ni conoce ni tolera [divisiones de] clases entre
los ciudadanos. En lo que toca a los derechos civiles,
todos los ciudadanos son iguales ante la ley”. La
complicidad de la Corte al permitir que los estados
mantengan a los afroestadounidenses en situación de
casi esclavitud, auguró Harlan, “será al cabo del
tiempo tan perniciosa como la resolución de este tribunal
en el Caso Dred Scott”.

La
doctrina de “separados pero iguales”, tomada del caso
Plessy, persistió como el debido procedimiento legal
y sólo las formas más flagrantes de discriminación
racial fueron objeto de alguna condena ocasional en
los tribunales. Sin embargo, en las décadas de 1930
y 1940, la Corte Suprema empezó a contemplar con una
mirada más crítica las leyes de segregación y otras
formas conexas de discriminación racial. La célebre
opinión de Fiske Stone ante la Corte, acerca de la
nota cuatro al pie de página dirigida al magistrado
Harlan en el caso United States vs. Carolene Products
Co. (1938), incluyó entre las leyes que podían ser
sometidas a estricta revisión judicial “el prejuicio
contra minorías definidas y aisladas”. A pesar de
que la Corte adujo la necesidad militar para mantener
las sanciones de la Segunda Guerra Mundial contra
los estadounidenses de origen japonés, el magistrado
Hugo L. Black recalcó ante la mayoría que “todas las
restricciones jurídicas que coartan los derechos civiles
de un solo grupo racial son sospechosas de inmediato”.
En sus veredictos más significativos de esa época,
la Corte empezó a suprimir la segregación en la educación
de postgrado y profesional. En el caso Sweatt vs.
Painter (1950) no sólo concluyó que una escuela estatal
de derecho creada en fecha reciente para los negros
era inferior a la escuela de derecho de la Universidad
de Texas exclusiva para los blancos, sino resolvió
también que al determinar si las escuelas segregadas
eran iguales a las otras, los tribunales debían tomar
en cuenta factores
intangibles, además de los tangibles: “esas cualidades
[como el prestigio de la institución] que no es posible
medir de modo objetivo, pero que constituyen la grandeza
de una escuela de derecho”.
Impulsados
por el rigor de la interpretación de la Corte en este
caso, acerca de la doctrina “separados pero iguales”,
Thurgood Marshall, quien era a la sazón el abogado
de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente
de Color (NAACP), y otros defensores de los derechos
civiles decidieron que había llegado el momento de
impugnar la doctrina misma, sobre todo el supuesto
de que las instalaciones segregadas podían ser iguales
a las otras. Al cabo de un largo litigio, la Corte
Suprema aceptó esta posición el 17 de mayo de 1954.
Según
la opinión unánime del tribunal en el caso Brown vs.
Junta de Educación y otros conexos, el presidente
de la Corte Suprema Earl Warren concluyó que la asistencia
a las escuelas segregadas por orden judicial creaba
en los niños de la minoría un sentimiento de inferioridad
que afectaba adversamente su capacidad de aprender.
Así pues, la educación en esas escuelas nunca sería
igual que en las otras, ni cumpliría con los requisitos
de la garantía de “igual protección” de la 14ª Enmienda.
En un segundo fallo unánime pronunciado al año siguiente,
en el caso Brown II, Warren, el presidente de la Corte
Suprema, dio instrucciones a las cortes menores y
a las juntas escolares para que procedieran a implementar
la integración en las escuelas públicas con “deliberada
celeridad”.
Antes
que el presidente Warren de la Corte Suprema se retirara,
en 1969, ese tribunal y las cortes menores ya habían
impugnado también la segregación en otras esferas
de la vida nacional, e incluso una ley del estado
de Virginia que prohibía el matrimonio entre personas
de distinta raza. Bajo las presidencias de Warren
Burger (1969-86) y William H. Rehnquist (1986-2005),
la Corte Suprema ha aprobado amplias facultades remediadoras
para los jueces en demandas de integración en escuelas,
incluso la orden judicial de que los estudiantes viajaran
juntos en los autobuses para asegurar la integración
de las escuelas en barrios racialmente segregados,
y la imposición de cuotas raciales en la composición
del estudiantado y el personal administrativo. Sin
embargo, los magistrados han hecho una clara distinción
entre la segregación de jure (oficial) y la segregación
de facto (que sólo es resultado de patrones de vivienda
segregada), y sostienen que a esta última no la prohíbe
la Constitución. Por mayoría de votos, se ha ordenado
que las cortes de justicia levanten los decretos de
integración en cuanto se logre un grado sustancial
de cumplimiento en la conversión de un sistema escolar
de dos razas en un sistema unitario. Por último, la
Corte ha dispuesto que la aplicación de la garantía
de “igual protección” de la 14ª Enmienda se limite
a las políticas que tienen una intención discriminatoria
y no sólo un impacto racialmente desigual.
Al
igual que el sistema de tribunales de los EE.UU. fue
a la vanguardia muchas formas para el logro
de la igualdad racial, la Casa Blanca y el Congreso
han creado también notables salvaguardias contra ese
tipo de discriminación. A raíz del rechazo nacional
a los choques violentos de la policía contra los defensores
de los derechos civiles que participaban en las marchas
de Birmingham, Alabama, el gobierno de Kennedy propuso
una legislación de amplio alcance sobre derechos civiles,
que el presidente Lyndon B. Johnson impulsó a través
del Congreso después del asesinato del presidente
Kennedy en 1963. Legislada bajo la autoridad del Congreso
para regular el comercio interestatal y ejecutar las
disposiciones de la 14ª Enmienda, la Ley de Derechos
Civiles de 1964 prohibió la discriminación racial
y otras formas conexas de discriminación en el alojamiento
público, el empleo y los programas financiados con
fondos federales. La aplicación de la última disposición
fue más eficaz que cualquier orden judicial para acelerar
el proceso de integración de las escuelas públicas.
A raíz de la violencia registrada contra los que marcharon
a favor de los derechos humanos en Alabama, el Congreso
legisló la Ley de Derechos de los Votantes de 1965,
proscribiendo los exámenes de analfabetismo y otros
que se aplicaban a los votantes en los estados con
antecedentes de discriminación en el registro de electores,
y se exigió que esos estados obtuvieran la “autorización
previa” de funcionarios federales para promulgar nuevas
leyes electorales. El estatuto de 1965 dio lugar a
un enorme aumento en el registro de votantes afro-
estadounidenses en los estados del Sur y la disminución
correspondiente del uso de exhortaciones racistas
en la arena política. Más aún, por medio de la Ley
de la Vivienda Justa de 1968, el Congreso dispuso
que se suprimiera la discriminación en la mayoría
de las transacciones sobre vivienda. |