Los
derechos de todas las minorías
Por
supuesto, los afro-estadounidenses no han sido los
únicos que han sufrido discriminación en los Estados
Unidos. La historia del trato que este país ha dado
a los norteamericanos nativos es igualmente lamentable.
Durante años, el Congreso y los tribunales promovieron
la expansión hacia el Oeste a expensas de los derechos
de propiedad de los indígenas, confiscando sus tierras
y aislándolos en reservaciones, a menudo en precarias
condiciones de vida. Empero, a la postre
se concedió la ciudadanía y el derecho de voto a los
indios. Además, a partir de la década de 1960 se movilizaron
grupos indígenas de derechos civiles y obtuvieron
victorias notables en la defensa de sus derechos sobre
la tierra, la caza y la pesca, y aun en la protección
de sus sitios funerarios y otros lugares sagrados.
No obstante, en un caso importante ventilado en 1990,
la Corte Suprema se negó a conceder su protección
al uso ritual del peyote por algunas tribus, y concluyó
que en los ritos religiosos es preciso acatar leyes
penales que son neutrales en el aspecto religioso,
como la regulación sobre drogas.
Aun
cuando no son una minoría numérica en la población
de la nación, las mujeres estadounidenses, como las
de la mayoría de los países, han estado sometidas
por tradición a gran variedad de impedimentos basados
en suposiciones sobre el género. Antes de la adopción
de la 19ª Enmienda a la Constitución de los EE.UU.
en 1920, los tribunales admitían en forma rutinaria
las leyes estatales que negaban a la mujer el derecho
de voto. Un buen número de las resoluciones más antiguas
se basaron en las leyes que prohibían a la mujer el
ejercicio del derecho, la medicina y otras profesiones.
De hecho, todavía en 1961, la Corte Suprema invocó
una ley de Florida que excluía a la mujer del servicio
en la judicatura, a menos que expresaran en forma
específica su deseo de servir. Sin embargo, el sexo
difícilmente parece ser más relevante que la raza,
como una base justa para la distribución de los beneficios
y las cargas del gobierno. Igual que los afroestadounidenses,
las mujeres fueron excluidas larga y sistemáticamente
del proceso político y, por ende, de la oportunidad
de tener el control de su propio destino.
A
partir de consideraciones de ese tipo, el Congreso
incluyó el género entre las formas de discriminación
en el empleo que prohíbe la Ley de Derechos Civiles
de 1964. El título IX de las Enmiendas Educacionales
de 1972 prohibió la entrega de fondos federales a
las escuelas que discriminen a sus estudiantes del
sexo femenino. En ese mismo año y bajo la presión
de la Organización Nacional para la Mujer (NOW por
sus siglas en inglés) y otros grupos, el Congreso
propuso a las legislaturas estatales la ratificación
de la Enmienda sobre la Igualdad de Derechos (ERA),
disponiendo que la “[i]gualdad de derechos bajo la
ley no sea denegada ni coartada a causa del sexo,
por el gobierno de los Estados Unidos o por el de
cualquiera de los estados”, y confiriendo además al
Congreso la facultad de ponerla en vigor. A la postre,
la ERA no logró obtener la aprobación del número de
estados requerido y la Corte Suprema se ha negado,
en general, a equiparar las clasificaciones de género
con las que se refieren a la raza. Sin embargo, la
Corte descartó por primera vez una ley sexualmente
discriminatoria en 1971, basándose en el principio
de “igual protección”, y muy pocos años después, la
Corte concluyó por mayoría de votos que las leyes
basadas en el género eran “casi sospechosas” y sólo
debían ser invocadas con validez si tenían un vínculo
sustancial con intereses importantes del gobierno.
En vista de que sólo las mujeres pueden quedar embarazadas,
el controvertido derecho de aborto reconocido en el
caso Roe vs. Wade (1973) es interpretado también por
muchas mujeres como una salvaguardia contra la discriminación
basada en el género y como una garantía del derecho
individual a lo confidencial.
 
En términos generales,
Estados Unidos ha sido más renuente a prohibir la
discriminación basada en la orientación sexual o a
reconocer el derecho de los adultos a tener relaciones
homosexuales por voluntad propia. Un buen número de
ciudades, condados o estados han incluido la preferencia
sexual entre las formas de clasificación prohibidas,
y unos cuantos han llegado al extremo de reconocer
el matrimonio entre homosexuales. En el caso Romer
vs. Evans (1996), una mayoría de 6 a 3 en la Corte
Suprema esgrimió la tesis de “igual protección” para
descartar una enmienda a la constitución estatal que
prohibía todas las regulaciones actuales y futuras
encaminadas a proteger a las personas de la discriminación
basada en la preferencia sexual. Aun cuando no accedió
a declarar a los homosexuales como una clase amparada
por protección especial, la Corte condenó la enmienda
como un inaceptable intento del estado de relegar
a los homosexuales a la categoría de ciudadanos de
segunda clase.
En 1971, la Corte de Burger declaró que la extranjería
–condición jurídica en la que se hallan los inmigrantes
ilegales– es constitucionalmente sospechosa y prometió
someter a una revisión judicial estricta las leyes
que hacen distinción entre los ciudadanos y los no
ciudadanos de los EE.UU. En decisiones ulteriores
rechazó leyes que concedían beneficios públicos sólo
a los ciudadanos. Al mismo tiempo, los magistrados
han aclarado que la promulgación de leyes federales
que hagan distinciones entre ciudadanos y extranjeros
será digna de mayor atención que la de sus homólogas
estatales. Así mismo, reconocieron una excepción a
la propuesta general de dar el mismo trato a ciudadanos
y no ciudadanos, pues apoyaron varios reglamentos
por los cuales los empleos públicos se deben reservar
sólo para los ciudadanos.
Desde
la Segunda Guerra Mundial, los veteranos y otros estadounidenses
discapacitados han cabildeado en el Congreso en busca
de protección contra la discriminación basada en esos
impedimentos. En 1990, una coalición comprometida
con esa legislación convenció al Congreso de aceptar
la Ley sobre Estadounidenses Discapacitados (ADA por
sus siglas en inglés). Después de definir a la persona
discapacitada como la que padece una deficiencia física
o mental que limita una o más de sus “actividades
vitales”, la ley garantiza a esas personas el acceso
a instalaciones públicas, oportunidades de empleo
y servicios de comunicaciones, al tiempo que obliga
a los empleadores y otros a hacer las adaptaciones
necesarias para garantizar el logro de las metas de
dicha ley. La ADA ha avanzado un gran trecho hacia
la reducción de los obstáculos que los minusválidos
encuentran en el empleo, la educación y otros entornos.
Sin embargo, la Corte Suprema ha interpretado estrictamente
esas disposiciones en algunas de sus resoluciones.
Por ejemplo, en un caso de 1999, concluyó por mayoría
que la ADA no podía obligar a una aerolínea a contratar
pilotos miopes, a pesar de que su defecto pudiera
corregirse. |