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El
debate en torno a la acción afirmativa
Bajo
Burger y Rehnquist, la Corte se ha enfrentado también
a un asunto de discriminación que la Corte de Warren
no estuvo obligada a confrontar, es decir, el contencioso
debate sobre “la acción afirmativa”. En su afán de
remediar los efectos de los prejuicios del pasado
contra minorías raciales y mujeres, en el empleo y
en la educación superior, varias agencias del gobierno
y universidades han creado desde los años 60 una serie
de programas que dan diversos grados de preferencia
a las minorías y a las mujeres en las decisiones sobre
admisiones, empleos y oportunidades de progreso. Los
partidarios de esos programas han dicho que no son
más que medidas temporales para garantizar un trato
justo a los miembros de grupos que han estado sometidos
a discriminación intencional a lo largo de la historia,
y hacer más expedita la creación de una sociedad realmente
integrada. Los partidarios de la acción afirmativa
subrayaron, además, que cuando los varones blancos,
las supuestas víctimas de esos programas, se quejaron
de una “discriminación inversa”, este grupo tan bien
establecido difícilmente se podía comparar con el
de los afro-estadounidenses y con otros que por largo
tiempo han estado sometidos a maltrato a causa de
su raza o color y que, por lo tanto, hoy son merecedores
de protección judicial especial. Además de argumentar
que los programas de acción afirmativa eran una “discriminación
inversa” anticonstitucional, los críticos adujeron
que dicha acción era contraria al concepto de la Constitución
“daltónica”, transgredía el principio del progreso
basado en los méritos, agravaba las pugnas raciales
y, tal vez, generaba sentimientos de inferioridad
en las personas a las que pretendía ayudar.
La
reacción de la Corte Suprema a las demandas judiciales
que impugnan los programas de acción informativa ha
sido ambigua. En su primer caso importante, Miembros
de la Junta Directiva de la Universidad de California
vs. Bakke (1978), la Corte se encontró con un sistema
de cuotas en el que 16 de las 100 plazas de primer
año estaban reservadas para solicitantes miembros
de minorías, en una escuela estatal de medicina. El
magistrado Lewis Powell, quien expresó la opinión
principal en el proceso, tuvo un papel en verdad crucial
en el fallo de la Corte. Hablando en su nombre y el
de otros cuatro magistrados, Powell rechazó la cuota
impugnada. Según la conclusión del magistrado, todas
las clasificaciones raciales estarían sujetas a un
estricto escrutinio judicial, no importa cuál sea
la raza afectada; y ningún interés convincente podía
justificar una política de admisiones basada sólo
en la raza. No obstante, Powell y un grupo de otros
cuatro magistrados sostuvieron también que el interés
de un estado por asegurarse una población estudiantil
diversa era un motivo lo bastante convincente para
justificar que la raza sea tomada en cuenta, junto
con otros factores, en las decisiones sobre la admisión
de estudiantes.
En
el caso Trabajadores siderúrgicos vs. Weber, juzgado
al año siguiente, la Corte Suprema apoyó por mayoría
la decisión conjunta de una compañía y su sindicato
de trabajadores, por la cual concederían el 50 por
ciento de ciertas plazas a miembros de minorías, hasta
que el porcentaje de éstas entre los trabajadores
se aproximara a la proporción que corresponde a las
mismas en la fuerza de trabajo de la región. Brian
Weber, el trabajador blanco que impugnó la cuota de
la compañía, alegó en primer lugar que ésta violaba
las disposiciones de la Ley de Derechos Civiles de
1964 contra la discriminación en el empleo. A pesar
de todo, la Corte concluyó por mayoría que la intención
de la legislación no era impedir la decisión voluntaria
de una compañía que opta por aplicar una cuota racial
a fin de corregir los efectos de la discriminación
en el empleo ejercida en el pasado, en una región
determinada.
La
oposición reciente de la Corte a la acción afirmativa
se ha extendido también al proceso de elección. En
el caso Shaw vs. Hunt (1996) y en otros veredictos,
la Corte permitió que los votantes blancos impugnaran
a los distritos del Congreso conocidos como de mayoría-minoría,
a partir de los cuales se elige a los miembros de
la Cámara de Representantes de los Estados Unidos.
Bajo la presión del Departamento de Justicia, después
del censo nacional de 1990, varios estados habían
creado distritos en los que los estadounidenses de
origen africano o hispano eran la mayoría de los electores;
en esos distritos, los candidatos de minorías tenían
más probabilidades de ser elegidos al Congreso. En
cierto modo, la Corte ha favorecido a esos distritos
especiales al afirmar la constitucionalidad de las
enmiendas hechas en 1982 a la Ley de Derechos de los
Votantes de 1965. Según esas enmiendas, las leyes
electorales son inválidas no sólo cuando tienen un
propósito discriminatorio, sino también cuando su
efecto consiste en debilitar la posibilidad de que
los votantes pertenecientes a minorías elijan a los
candidatos de su preferencia. Sin embargo, por escasa
mayoría, la Corte Suprema ha concluido también que
los distritos de mayoría-minoría son inconstitucionales
si el fin para el cual se establecen es la meta eminentemente
racial de asegurar la elección de candidatos de una
minoría. |